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Introducción Mision y Filosofia Nuestros Doctores Servicios Medicos Porque Elegir el Oasis of Hope? Mi Padre por Dr. F. Contreras Dudas Para Ernesto Contreras Sr., MD (1915-2003) Hay palabras que una persona nunca olvida. Nunca olvidaré la primera vez que mi esposa me dijo: “Te amo”. Nunca olvidaré dónde estaba cuando mi primera hija me dijo “papá”. Nunca olvidaré las últimas palabras que mi padre me dijo. Esas palabras y otra más están grabadas en mi mente para siempre. “Un médico nunca debería decir a un paciente: ‘No hay nada más que pueda hacer por ti’. Un médico siempre puede servir a un paciente, aun si sólo se trata de sostener su mano durante una noche difícil”. Todavía puedo ver el rostro de mi padre cuando pronunciaba estas palabras. Sus ojos fulguraban con el objeto de su pasión. Mi padre nunca perdió de vista el aspecto humano de sus pacientes. Su amor por la gente dio origen a la visión del hospital, dar atención al paciente como un todo: cuerpo, mente y espíritu. En los primeros años, él y sus contemporáneos se dejaron envolver por la fascinación de los avances tecnológicos en el campo de la medicina. Sin embargo, para muchos de sus colegas, la fascinación tomó un rumbo malsano. Conforme sus colegas empezaron a depender más de la nueva tecnología, comenzaron a cultivar una distancia “objetiva” hacia sus pacientes, que fue en aumento. Muchos de estos médicos comenzaron a creer que las decisiones más sabias eran aquellas que no se dejaban nublar por los lazos emocionales. Así que, mientras el resto del grupo trabajaba duro para establecer y mantener una distancia profesional “saludable” con sus pacientes, mi padre empezó a pasar más tiempo con ellos. Quería conocer a sus pacientes en el plano personal. Necesitaba descubrir si algún estrés emocional o espiritual contribuía a la enfermedad del paciente. En las mañanas se comportaba como un médico convencional. Prescribía análisis de laboratorio, radiografías y medicamentos. En las tardes, adoptaba un comportamiento nada convencional. Se reunía con sus pacientes para platicar, cantar, reírse y orar. Daba palabras de aliento y el abrazo cariñoso de un hombre que se preocupaba por ellos. Comenzó a combinar el ejercicio consistente de la medicina con un intencionado apoyo emocional y espiritual. Fue esto lo que primero ocasionó que sus pacientes comenzaran a referirse al Hospital Contreras como el “oasis de esperanza”. En la actualidad el Hospital Oasis se alberga en unas instalaciones equipadas con alta tecnología y quirófanos. Se emplea tecnología de punta como tomografías computarizadas y ventiladores que se operan tocando pantallas. Los médicos tienen acceso a expedientes médicos electrónicos a través de una red local inalámbrica, que les permite conocer las historias clínicas mediante agendas palm o computadoras portátiles. Los pacientes navegan por la red en estaciones de trabajo de banda ancha y se mantienen en contacto con sus seres queridos por líneas telefónicas digitales. Sin embargo, el hospital tuvo un inicio humilde debido, en parte, a la lucha de mi padre por cruzar los confines de la corriente principal de la medicina, la cual rápido abría brechas entre el médico y el paciente. En 1939 mi padre había comenzado a ejercer la medicina. Recién egresado de la Escuela Médico Militar en la ciudad de México, expresó su deseo de especializarse en un nuevo campo: la patología. Sus maestros lo alentaron e hizo los trámites necesarios para hacer un internado en el Hospital Infantil de Boston, una extensión de la Universidad de Harvard. Fue aceptado. Los retos en ese lugar fueron memorables, pero no eran nada en comparación con los que habrían de venir. Cuando regresó a México, le esperaban desafíos aún mayores. El ejército lo trasladó a la ciudad de Tijuana, ubicada al norte de la costa de Baja California, en un cargo abrumador por la escasez de patólogos en aquellos días. Mi padre fue el primero en esa región del mundo. Los hospitales del otro lado de la frontera, en San Diego, también necesitaban los servicios de un patólogo calificado y muy pronto contactaron a mi padre. Durante los primeros años de ejercicio profesional, mi padre pudo trabajar en San Diego en las mañanas y en Tijuana en las tardes. Trabajaba más arduamente que nunca. Se preguntarán, ¿qué es un patólogo? El patólogo es el especialista que analiza las muestras de sangre y de tejidos para determinar si existe algún tipo de patología o enfermedad. Por ejemplo, el patólogo determina a partir de la biopsia si un tumor es benigno (no canceroso) o maligno (canceroso). Durante esos primeros años, mi padre pasaba horas enteras en el microscopio, todos los días, para examinar el tejido que le proporcionaban los médicos. Empezó a notar que muchos de los órganos que los médicos extirpaban estaban sanos, por lo que se dio cuenta de que se estaban realizando muchas cirugías innecesarias. Conocía a esos médicos bien y sabía que tenían las mejores intenciones. Sin embargo, sentía que debía haber una manera de mejorar el proceso de diagnóstico para evitar cirugías innecesarias. A la gente le emocionaban esas ideas y se le ofreció un puesto de tiempo completo en el Hospital Mercy de San Diego, California. Estaba resuelto el trámite de inmigración y había la probabilidad de obtener la ciudadanía estadounidense. Era un ofrecimiento tentador, por decir lo menos, pero mi padre lo rechazó. En su corazón se sentía llamado a contribuir de algún modo con su país de origen. Así que decidió dejar el microscopio y comenzar a tratar pacientes con el objetivo de mejorar el proceso de diagnóstico. Hay momentos en la vida que lo cambian a uno como persona y modifican para siempre la dirección del camino que uno habrá de recorrer. En el caso de mi padre, ese momento ocurrió en 1963 cuando Cecilia Hoffman vino a ver a mi padre. Cecilia era paciente de cáncer. Había sufrido rondas agotadoras de quimioterapia y se le había dicho que no había esperanza. Determinada a no rendirse, buscó terapias alternativas. Encontró una. Cecilia había viajado a Canadá para adquirir la sustancia denominada laetrile pero quería encontrar un médico cerca de su hogar para que la tratara. Su deseo la llevó hacia mi padre. Mi padre admitía que para Cecilia sus expectativas no eran altas por el pronóstico de los médicos que había visto. Sin embargo, los tratamientos despertaron en ella esperanzas y parecía cobrar vigor. A medida que avanzaba el tratamiento de laetrile, mi padre se sorprendía. Ahí estaba una mujer, a quien se le había sometido a los tratamientos convencionales sin lograr efectos favorables, había sido sentenciada a muerte y ahora mejoraba. Mi padre no tenía más que reconocer que Cecilia Hoffman había superado por completo el cáncer. Después Cecilia fundó una organización llamada Víctimas de Cáncer y Amigos, de donde nació la Sociedad para el Control de Cáncer. La organización realizó su primer seminario en el patio de la casa de Cecilia y tuvo como orador principal al Dr. Ernesto Contreras Rodríguez. Como resultado, mi padre comenzó a recibir oleadas de pacientes a quienes no se les había dado esperanza, como a Cecilia, después de que la quimioterapia había fracasado. La noticia se transmitió de boca en boca y mis padres tuvieron que enfrentar un dilema. El consultorio era demasiado pequeño y ¿qué harían con los pacientes que necesitaban hospitalización? El Hospital Oasis de hecho se inició en nuestra casa. Mi madre siempre hallaba soluciones a cada reto. Cuando un paciente de mi padre necesitaba atención hospitalaria, mi madre nos enviaba a quedarnos con los vecinos de enfrente. ¡Listo! Nuestras recámaras se convirtieron en las habitaciones de los pacientes. En 1966, mis padres viajaron por la ruta que siguió el apóstol Pablo en sus viajes misioneros. Cuando el guía de la excursión se enteró de que mi padre era médico, lo llevó a ver un antiguo centro de salud en Pérgamo. Se le abrieron los ojos a mi padre cuando supo que el proceso de curación de aquellos días combinaba terapias físicas, emocionales y espirituales. En ese momento, se dio cuenta de que el problema de la medicina moderna es que los médicos se habían olvidado que una persona está constituida por cuerpo, mente y espíritu. El punto central hasta entonces había sido el cuerpo. Adoptando la visión de tratar a la persona como un todo, mi padre empezó su misión de mejorar la calidad de la atención física, emocional y espiritual brindada a sus pacientes. Consideró tener unas instalaciones donde pudieran proporcionarse atención médica aunada a servicios de apoyo emocional y espiritual. La visión se concretó en el Hospital Oasis. Hasta este día, el hospital ha sido guiado por esa visión. Seguimos combinando la ciencia, la compasión y la fe en todo lo que hacemos. Creemos que las necesidades del paciente determinan qué tratamientos deben ofrecerse. Continuamos incorporando una gran variedad de modalidades a los tratamientos, desde los productos manufacturados hasta los naturales, desde los métodos convencionales hasta llegar a los holísticos. Pero, no obstante los cambios que ha traído la más alta tecnología, los dos principios rectores han continuado siendo los mismos. Todo inicia y termina con la filosofía. La filosofía entendida como el conjunto de saberes que establecen los principios que dan sentido a las acciones humanas moldea lo que hacemos. La filosofía que mi padre estableció se resume en los dos principios que transmitió a su equipo: 1. No dañarás. Nunca comprometas la calidad de vida de tus pacientes. Muy sencillos y sin embargo profundos. Si un medico considera estos principios todos los días, lo desafiarán a encontrar el tratamiento más efectivo con la menor cantidad posible de efectos negativos. Lamentablemente, los oncólogos a menudo pierden de vista la condición general y el bienestar del paciente, porque la mayor parte de su atención se centra en la destrucción del tumor. Los médicos modernos pueden, y a menudo lo hacen, comprometer —sin proponérselo— la calidad de vida del paciente en su determinación ciega por eliminar la enfermedad. Los médicos del Hospital Oasis han aceptado un enfoque diferente. Comprometidos bajo juramento de no dañar a los pacientes y amarlos, ofrecen tratamientos que tienen el potencial de mejorar la salud del paciente sin arriesgar la calidad de vida. Si se determina que un tratamiento de jugos beneficiará al paciente, se le ofrece. Si se considera que la quimioterapia hará bien al paciente, se le administra. Sin embargo, siempre se perseguirá dar un tratamiento que no produzca efectos colaterales que deterioren la calidad de vida. |
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